Exposiciones

Inauguración viernes 17 de Mayo a las 19 hrs.

Lugar: Palermo H

Dirección: Honduras 5929 – CABA

Teléfono: 011 4774-5181

Pagina Web

Críticas:

Federico de la Fuente

El camino de la expresión.
“Ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.”
_
Alejandra Pizarnik (Fragmento de Árbol de Diana)
Tal vez será mejor nunca saber si estas imágenes remiten a alguna anécdota en la vida de
Danielle Camus ó si su existencia se debe plenamente a un juego poético. Es preferible -a mi
juicio- especular sobre el origen de estos parajes, mayormente deshabitados y, sin embargo,
cargados de una potencia que los convierte en organismos vivos. Ya sean ficciones o registros
de espacios reales, la pincelada de esta pintora los vuelve vibrantes y plenos de vida.
El misterio continúa: de nuestro lado, pero también dentro de la pintura. ¿Qué es lo que
estamos observando? ¿Habitamos, nosotros, ese espacio? ¿Estamos solos allí? ¿Por qué las
grúas y los árboles parecen cobrar vida? ¿Cómo es que la luz y el color fluyen al infinito?
Las escenas portuarias construidas por Camus están plagadas de tensiones. Si bien -como ya
hemos observado- son espacios solitarios, podemos imaginarlos como los restos de un día de
trabajo; o pensarlos como espacios que yacen añorando momentos de productividad que han
terminado. Vemos a través de las grúas -aquellos pájaros metálicos, como los nombra la propia
artista- como el óxido lo envuelve todo en una melancolía profunda. Sin embargo, el
tratamiento cromático es intenso, vuelven las imágenes portuarias de Quinquela, pero con otro
enfoque. Ya no hay nadie aquí más que quien mira o quien construye la pintura, pero el fuego
permanece vivo.
Del otro lado del río, en otra orilla, nos espera el Arboliloquio. Aquí la paleta olvida la nostalgia.
El gesto expresionista de esta imagen -compuesta mediante el color- nos conduce hacia otra
dirección. En una conversación entre tonos y tintes, aparecen seres verticales que organizan el
paisaje. El animismo es ineludible, compartimos nuestra estadía en este bosque con sus
habitantes primeros: los árboles, las luces y las sombras.
Mientras tanto, poemas, marinas y acuarelas. Una tradición en la que todo dispone a la
expresión en cualquiera de sus formas: el color, la palabra, incluso la música. El camino aquel
que nos permite ver y mostrar el mundo de otra manera, es el que nos guía por la obra de
Danielle Camus. La práctica poética y la praxis vital se confunden: casa, mundo y taller son lo
mismo. La imagen nos invita a dar un paso adelante y ser habitantes en los mundos que
construye la pintura.
Federico de la Puente
Lic. en Curaduría e Historia de las Artes / Abril 2019

 

Guillermo MacLoughlin

 

Danielle Camus
Testimonio
Es un antiguo secreto: pintar lo que se ama. Y Danielle parte de ese profundo sentimiento que le
inspira la naturaleza y ciertas obras del hombre y deja que su mente se diluya para que la mano
que conduce el pincel imponga su propia lógica. Una mano que sintetiza en un gesto años de
aprendizaje y oficio. Y así despliega sinfonías de colores y formas, por momentos intimista, por
momentos aproximándose al gran espectáculo de la épica humana. La música no es una mención
casual ya que también es vocación en ella. Entrelazamientos de colores que se relacionan
buscando ritmos, armonías y contrastes que no excluyen lo inesperado, me hacen pensar en
ciertas composiciones de Brahms o Milhaud. La contemplación sostenida de su pintura es una
experiencia vital. Es el contacto con una obra profunda, que arriesga el error, pero que sobre todo,
es honesta, lo cual no es poco. Me recuerda lo que señala Ortega y Gasset en “La
deshumanización del Arte” cuando indaga en el “arte nuevo” que para esa época (1915), era
territorio inexplorado: “el arte nuevo tiende a evitar toda falsedad”.